jueves, 26 de mayo de 2011

Sopla

Sopla las velas, abuelo.

Ahora que te tengo cerca y no nos oye nadie, te lo diré bien clarito: no me gustas.

Nunca me has gustado, Bob.

A pesar de que te rinden honores de poeta, de que te quieren dar el Nobel de Literatura, a pesar de que estás encumbrado y hay gente que sueña con comerse tu mierda, a pesar de que sigues soliviantando a groupies quinceañeras con tus malos modos y tu falta crónica de educación, no puedo contigo, nunca he podido.

Me puede tu pose de dejadez y aburrimiento, me puede tu premeditada suciedad, esa forma de ir por la vida como arrastrado, con una forma de arrastre supuestamente dandy y maldita.

No sé a qué le tengo más tirria, si a tu etapa de autor comprometido con letras himno, si a todo ese rollo de rapsoda pacifista y antiVietnam, o si a todo ese tinglado de letrista al que se le va la olla, y del que nadie comprende nada.

No te entiendo, viejo. Cuando te pones profundo no hay quien te entienda, y te parecerá muy enigmático, te resultará muy críptico y personal, muy visión propia del mundo, pero yo no pierdo el tiempo escuchándote.

Eres una marca, viejo. Pero yo no te compro. Te tengo tan visto que ya no me sorprende, tu música no me araña, tu voz está tan mustia como un cauce seco.

Sopla las velas, abuelo.

Y calcula el daño que has hecho. Todos esos grupos y solistas abonados a las letras que sólo son edificios de palabras aparentemente estimulantes pero que no se sostienen porque no dicen nada, son sólo versos sueltos sin hilación, imágenes inconexas justificadas por tu precedente. Todos esos militantes de tu religión, la religión del ya-os-lo-dije, la religión del estoy-de-vuelta, la religión del falso compromiso y del hombre peleado con el mundo.

Sí, ya lo sé, te caíste de la moto, y desde entonces todo cambió. Fuiste un pionero con la guitarra eléctrica. Pero Elvis fue más pionero que tú. Pero los Beatles fueron más pioneros que tú. El propio Sinatra fue más pionero que tú. Ni te compares. Ni te compares.

De acuerdo, el Highway 61 Revisited es un buen disco. Y Like a Rolling Stone, probablemente, tu mejor canción. No está mal tu voz ahí, no está mal del todo, pero sigo prefiriendo cuando te cantan otros. Los propios Rollings te cantan mejor que tú mismo. Los GNR no lo hicieron mal. Y con el folk, siempre te han adelantado por la derecha. The Byrds, Joan Baez, hay un buen puñado.

Sé que siempre lo miraste con condescendencia, como una especie de émulo, pero lo prefiero a él. Leonard Cohen canta mucho mejor que tú. Tiene una voz de herrumbre, y la tuya parece de un gato pisado. Tú tienes Like a rolling stone, tú tienes Mr Tambourine Man, pero él tiene Suzanne. Me sigue cogiendo por los huevos, y tú ni siquiera los has rozado.

Sopla las velas, abuelo.

Tú estabas allí, te uniste a aquel grupo. Y sí, es cierto, sonaba como los dioses, no hay ninguna canción que fuera mala. Ahí sonabas muy bien. Pero es que en los Travelling Wilburys también estaba Roy. El alma no eras tú, lo siento, abuelo, el alma de aquello era Roy.

Ahora eres un viejo, pero siempre fuiste un caprichoso. Perdiste la perspectiva, judío, te inventaste demasiadas veces, te enfundaste demasiados disfraces. A lo mejor, quién sabe, te dan el Nobel. Pero eso no arreglará las cosas. Por mucho que te adulen, por mucho que se disfracen como tú y que quieran comerse tu mierda, no vas a convencerme. Seguiré cambiando el dial. Aburres, viejo, cumples 70 pero desde siempre, desde el día que te escuché por primera vez, me has parecido demasiado mayor.

martes, 24 de mayo de 2011

Nosce Te Ipsum

Creo que mi gran problema es que soy una persona tremendamente individualista. No comulgo con las grandes causas, la solemnidad de los lemas y las banderas me produce una incomodidad patológica. Es una cuestión de carácter, que con el paso de los años no he sido capaz de domesticar.

En tiempos del instituto, leí a Proudhon, a Kropotkin, a Bakunin, antes incluso que al propio Marx. La lectura de aquellos libros a una edad tan prematura propició que me ubicara mentalmente en una postura más o menos anarquista, poco matizada y malamente digerida, pero sí muy pasional: allá donde iba, llevaba la embajada de mi rudo e ingenuo anarquismo, que lo cierto es que nunca acabé de apuntalar intelectualmente. La política, desde este planteamiento de base que incorporé inconscientemente a mi carácter, me interesó muy poco a partir de entonces, de forma que mi cultivo intelectual se orientó más bien al arte y la literatura.

Con los años fui matizando este posicionamiento, hacia una postura, la actual, más bien progresista, que cree por encima de cualquier otra cosa política en las conquistas del cacareado Estado del Bienestar, y que mantiene frente al Estado una posición de vigilancia pero también de respeto y justo reconocimiento. Creo, en suma, que gozamos de un patrimonio en la gestión social al que no podemos renunciar, y que tiene en la educación y la salud públicas sus baluartes más representativos.

Pero me ha quedado de aquella etapa filoanarquista una desconfianza implacable hacia las instituciones donde se administra el poder. Y también, he de reconocerlo, un rechazo bastante irracional por la clase política. Lo peor de todo es que mis más de 10 años como asesor de comunicación, en muchos casos a políticos de toda condición y rango, no me han hecho variar esta opinión. Antes bien la ha refrendado e intensificado, de forma que mi valoración sobre los políticos es bastante negativa, por no utilizar una expresión más contundente.

Pongo pasión en lo que hago, pero me coarta mi cerebralidad. Ocurre que los dramas conjuntos no me motivan, muy raramente me mueven a la emoción. Sé que es una barbaridad lo que voy a decir: el momento de comunión emotiva más auténtico que he vivido en mi vida ha sido con el fútbol. Y ni siquiera puedo atribuirlo a una adhesión a un sentimiento comunal: me emocioné al ver cómo el Sevilla F.C. ganaba la Copa del Rey en el Santiago Bernabéu, pero fue sobre todo por comprobar la emoción que en ese momento embargaba a mi padre, sufridor durante décadas de una pasión sevillista que en ese momento le estaba dando –por fin- la primera gran alegría de su vida.

La cerebralidad deriva en mi caso, más veces de lo que quisiera, en una actitud de descreimiento que alguna vez quisiera superar, porque casi siempre toma la forma del cinismo. Veo todo lo que ocurre con los movimientos del 15M y me gustaría sentirme apasionado, pero las estampas son siempre tan similares, se repiten de forma tan mimética, que no puedo dejar de pensar que lo que ahí está germinando es un nuevo caladero de futuros alcaldes y ediles, presidentes del Gobierno y consejeros autonómicos. La conformación de una vanguardia renovada de generales que nos conducirán por el nuevo camino, que al cabo no es sino el camino de siempre, pero con una nueva y flamante capa de asfalto. Me subleva, lo confieso, la pose del combativo, cuando excede la postura sarcástica y toma la senda de la seriedad. Distingo en ellos la semilla de un nuevo político, que se aferrará al 15M como el símbolo de la génesis de Lo Nuevo, con toda su parafernalia de mártires, santos, púlpitos y milagros. Nuevas versiones de una estampa repetida desde el principio de los tiempos.


Por eso en estos días callo, me muerdo la lengua en los desayunos y en las conversaciones de sobremesa que ensalzan el nuevo movimiento como el definitivo. Todas esas imágenes apasionadas y emotivas, todo ese arranque de sentimiento, me despierta un rechazo bastante similar al que me produce ver a la plana mayor del PP asomada a un balcón atiborrado de histeria y banderas azules, que celebran como hordas salvajes el hundimiento del partido de la otra acera.



Desde luego tendría que hacer algo. Porque alguna de esas imágenes debería arañarme, producirme algún tipo de herida, algún temblor. Sin embargo, aunque lo he intentado, no puedo hacerle nada. Hay algo en mí que me incapacita para la filiación y la sintonía más allá de lo concreto. Lo doméstico, empero, me derrumba: que mi hijo Pablo se haga una herida en el patio del colegio, los malos modos de una señora en la cola del supermercado, la pelea de mi amigo con su jefe cretino, que no me llegue el sueldo de este mes para comprarme un pantalón que necesito.

Soy consciente, y no es broma: el problema está en mí. Conocerse bien a uno mismo es el primer paso contra la decepción. Que bastantes decepciones reporta ya la vida.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Se vende rebelión

Se vende rebelión a precio módico. Tanto en formato individual como en packs de 6. Ahora, con la oferta, te regalan dos. El envase es customizable: anarquista, antibipartidista, antisistema, pacifista, progresista. El producto ha superado todos los controles de calidad conforme a la norma ISO 9002. Está pasteurizado, a salvo de infecciones y sobre todo de malas digestiones. Aunque es adaptable a las exigencias y eslóganes individuales, el sabor es idéntico: sabe a libertad, a Plaza Tahrir pero en formato occidental, con muchas tiendas bien cerca, la calle Preciados bien a mano, todo puro confort. Su consumo no es incompatible con los hábitos estupefacientes. Y eso sí, todo muy pacífico: nada de levantar la mano, nada de escupir. Buenas maneras, buena educación, saber estar.

El sabor tarda en olvidarse. Se recuerda durante muchos años. Su densidad romántica favorece la expansión de los afectos. Se viven historias, se establecen nuevas relaciones. Cuando pasan 10, 20 años, el consumidor aún recuerda aquel momento. Lo revive mientras introduce aburrido códigos en su ordenador, o intenta aligerar papeleo en su oficina al tiempo que ve pasar los grupos de jóvenes por su ventana, o se dirige en un taxi de camino de una nueva reunión.

Se vende rebelión, a precio módico y con propiedades organolépticas inigualables. El sabor se disuelve en la lengua con emoción. Es un caldo grandilocuente y solemne cuya fórmula es tan antigua como conocida: banderas, eslóganes, pintadas, comunión, alegría. Jugar a que se está al borde del precipicio, flirtear con el vértigo, pero siempre hasta el límite que marca la raya de tiza: a la hora de la cena, después del fin de semana, hay que regresar a casa. El producto también es del gusto de los políticos, se hacen fotos con él, lo toman por la mañana con el desayuno, se disputan su autoridad, pretenden fagocitarlo, convertirlo en su propio patrimonio. No hay ningún problema en esto: si por algo se caracteriza la sustancia, es por su flexibilidad y adaptabilidad.

Compre esa rebelión, adquiérala pronto, no tardará en agotarse. Pero no se le ocurra dirigirse al otro stand. En ese otro stand, el producto tiene una apariencia infame, monstruosa. El sabor no es nada agradable, hace daño en el estómago, provoca naúseas, se puede morir con la ingestión. No sé cómo no lo han retirado del mercado, no debe estar en el mercado, no pertenece verdaderamente a él. Nadie quiere eso, todos queremos seguir teniendo el suelo bajo nuestros pies, sentir nuestras pisadas, contarlo a todo el mundo al regresar a casa. Es importante no abandonar la perspectiva lúdica, al fin y al cabo todos somos demócratas: empieza a ser peligroso cuando deja de ser un juego.