lunes, 31 de agosto de 2009

Enfermedad

Voy en metro al trabajo y empiezo a identificar señales de la debacle. La llevan dibujada en sus rostros ojerosos, antipáticos, fúnebres. La llevan colgada de sus brazos, de sus piernas, de esa forma de andar que parece más bien un arrastre. La ciudad de esta mañana de regreso es como una enorme flor carnívora abriéndose al mundo. Deambulan los primeros maletines, los primeros pares de zapatos impolutos, las gargantas cercenadas e irritadas –falta de costumbre- por el tacto y la presión de las corbatas. Suenan los primeros cláxones, se asoman a las ventanillas los primeros dedos erguidos, los primeros insultos de conductores que mastican el caramelo podrido de la vuelta al trabajo.

Yo llevo tiempo aquí, me incorporé hace dos semanas, y mi cuerpo ya se ha aclimatado. Eso me confiere distancias para observar el drama sin que me haga excesivo daño. Levanto los ojos del portátil y miro a mi alrededor: me rodea una manada de perros enfermos.

En días como éste pienso en esa gente que siempre te dice que ama su trabajo, que le gusta lo que hacen, que no saben qué sería de ellos si tuviera que jubilarse mañana, que realmente se morirían si dejaran de trabajar. No sé si sentir envidia de ellos o compasión. Porque siempre he tenido muy claro que trabajar es aquello que nos permite comer. Trabajar es buscar permanentemente la forma de conseguir dinero, algunos de forma sutil, otros de manera más descarnada. Trabajar es echarse a la calle para cazar, es desenvolverse en la hostilidad, es intentar sacar beneficio. Pero no es algo que nos haga mejores, ni siquiera es algo saludable. Doy fe por lo que hoy respiro en los bares, en el trabajo, en el metro. Una jaula gigante de animales enfermos.

viernes, 28 de agosto de 2009

Por fin un biopic musical decente

El género del biopic siempre suele fatigarme un poco. Primero, por su tendencia a la hagiografía, y a esa obsesión por intentar demostrar siempre que el protagonista-lumbreras de turno es un verdadero genio que sólo caga flores. Incluso cuando el protagonista resulta ser un maldito –algo que en los últimos tiempos del género se ha convertido casi en una obligación-, todas las actitudes resultan disculpables por mor de la genialidad. Y segundo, me suele molestar bastante de los biopics, sobre todo en los casos en que uno conoce a la celebridad con más precisión (al final uno suele consumir biopics, como consume ensayos biográficos, porque le interesa el personaje), esos irritantes deslices hacia lo obvio y hacia las alusiones excesivamente explícitas en relación con el contexto histórico. ¿Por qué coño a una estrella de rock americana de los años 60 tiene que vérsele en un momento de la película siguiendo por televisión el instante de la llegada a la Luna? Después está lo inevitable: la concentración de toda una vida en una hora y media de metraje obliga necesariamente a síntesis que en muchos casos resultan, por lo frívolo, pésimamente resueltas. Uno de los ejemplos más gráficos de esto que digo es precisamente español: me refiero a la película Camarón, y al modo casi caricaturesco en que se resuelve la emblemática grabación de La leyenda del tiempo, el álbum más influyente del cantaor, señalado por muchos como “el Sgt. Peppers del flamenco”. Como muchos ya sabrán, estamos hablando de uno de los procesos de producción más elaborados y complicados que se recuerdan en la historia musical de nuestro país, que en un alarde de (no pretendido) humorismo los guionistas resuelven con un par de imágenes. En una de ellas, Paco de Lucía aparece con un sitar en el estudio de grabación. "¿Eso qué es?", le preguntan. “Un sitar”, contesta él. “Tiene un sonido magnífico”, o algo así, añade. Ea. Ya está grabada La leyenda del tiempo.

Cuento esto porque el último biopic que he visto –lo siento, soy un mitómano impenitente, y me lanzo de cabeza allá donde huela película-de-estrella-de-rock- salva de manera certera todos estos vicios. Me refiero a Control, la película que cuenta la historia de Ian Curtis, el cantante de Joy Division, el mítico grupo de post-punk británico de los años 70 de corto recorrido y dilatada influencia. Es una película muy bien construida, cuyo acierto principal reside, a mi juicio, en centrarse en el aspecto más sentimental e íntimo de Curtis, en lugar de contar todas sus peripecias sobre los escenarios y sus excesos en el backstage. El tono narrativo, además, tremendamente formalista, de un formalismo estático, sencillo, muy fotográfico –el director, Anton Corbijn, es fotógrafo, y eso se nota-, contribuye a trasladarnos esa sensación de estar asistiendo al tenso testimonio de un fuerte drama personal. Porque, antes que biopic, la película más bien es una historia sobre la dificultad del amor, sobre la naturaleza del propio amor, de la pasión, de la posesión, de la libertad y del compromiso que va parejo a este amor. Se trata de un guión muy bien elaborado, y muy hábil, teniendo en cuenta que aborda un tema, la historia de un músico maldito que es patrimonio de la postmodernidad, bastante frágil y arriesgado.

Los dos actores principales están que se salen, y como siempre Samantha Morton lo borda, regalándonos una nueva interpretación descomunal. En fin, por fin un biopic musical decente. Salvando Amadeus, de Milos Forman, Bird, de Clint Eastwood, y Great Balls of Fire, del mediocre Jim McBride, no recuerdo ninguno sobre músicos que haya estado medianamente a la altura.

jueves, 27 de agosto de 2009

Fábrica de churros

No lo había visto, pero es cojonudo. Y bastante elocuente sobre lo que está ocurriendo en el panorama mediático de nuestro país.


Lógicamente, el periódico para el que trabaja el viñetista no aceptó su publicación. Pero la red es incontrolable, y necesariamente hay que darle cobertura. Periodismo libre, Cuarto Poder. Putos tópicos manidos, lo único que importa es que la puñetera fábrica de churros no pierda dinero.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Antonio Machado, ese cachondo

Invitado por mis amigos David Eloy y Josemari Gómez Valero, esta noche a partir de las 22.00 horas estaré en las Veladillas del Parque del Alamillo, junto a algunos poetas, escritores y artistas, celebrando la palabra de Machado. Es un recital poético, que yo voy a intentar transformar en mi vivencia personal sobre los hermanos Machado. Iré a defender dos argumentos: primero, que Manuel Machado fue también un tremendo poeta, que tuvo la desgracia de compartir genética con un monstruo irrepetible como fue su hermano Antonio. Y segundo, que Antonio Machado fue no sólo aquel hombre gris y melancólico que se difuminó en la frontera francesa acompañado únicamente por una raída maleta; no sólo aquel adusto, grave y seco noventayochista al que todos imaginamos con una voz pedregosa y solemne, sino también un tremendo cachondo, un salido descomunal dotado con una fina capacidad para la ironía y el chiste.

Leeré alguna de las Canciones a Guiomar, el nombre un poco floreado con el que Machado rebautizó al objeto de su calentura, doña Pilar Valderrama, mujer casada a la que el sevillano, ya viudo y bastante caliente, tiró los tejos insistente e infructuosamente. Machado escribe con una mano y uno se puede imaginar qué hace con la otra:


¡Sólo tu figura,
como una centella blanca,
en mi noche oscura!

¡Y en la tersa arena,
cerca de la mar,
tu carne rosa y morena,
súbitamente, Guiomar!

En el gris del muro,
cárcel y aposento,
y en un paisaje futuro
con sólo tu voz y el viento;

en el nácar frío
de tu zarcillo en mi boca,
Guiomar, y en el calofrío
de una amanecida loca;

asomada al malecón
que bate la mar de un sueño,
y bajo el arco del ceño
de mi vigilia a traición,
¡siempre tú!

Guiomar, Guiomar,
mírame en ti castigado:
reo de haberte creado,
ya no te puedo olvidar.

A los que estéis por Sevilla y os apetezca, podéis pasaros.

(Por aquí una reseña reciente de La canción…)

lunes, 24 de agosto de 2009

Fotos

Les enseño las fotos del veraneo a Pablo y Alicia, el vídeo de apenas un minuto que tomé con la cámara digital, en el que ellos dos y Espe corretean junto a la orilla de la playa, sonrientes, eufóricos, luminosos como la mañana de verano. Hay más de doscientas fotos. Fotos de Pablo solo, fotos de los dos hermanos, fotos de la niña sola, fotos con la madre, algunas también con su primo. Con las camisetas cambiadas, sonrientes, enfadados, desnudos. Comiendo, durmiendo, haciendo el indio.

-¿Tú por qué no sales en ninguna foto? –pregunta Pablo.

Pablo es listo, pero aún no entiende. Cree que estoy ausente, pero no. Soy el que está más cerca: yo hago las fotos, yo soy el que los mira, el que testimonia toda esa felicidad.

viernes, 21 de agosto de 2009

Mierda

Tengo el esqueleto, tres o cuatro páginas emborronadas a boli llenas de flechas que conectan cuadros desmañados, señalando causas y efectos, desvíos de trama, alusiones necesarias, hasta un cuadro final que será el presunto (y provisional) final de la novela. También tengo frases, giros, palabras concretas que son como puertas que me abren a ideas que deben plasmarse en el papel, a metáforas que deberán servir de hilación para toda la trama, anegándola transversalmente. Después hay una somera descripción de los principales personajes, con aspectos de carácter que se concretan en una o dos palabras. Por último, un dossier de fotocopias y de archivos sacados de Internet, así como un puñado de libros con las tripas atragantadas de post-its. Digamos que ya está todo, que los planos del edificio ya están diseñados.

Pero me falta lo principal, no tengo el tono.

Ando rumiando todo el día con comienzos de frases en la boca. Ayer por la tarde buceaba en la piscina intentando encontrar en los azulejos del fondo esa voz que aún no tengo, esa música imprescindible que será la que convierta los bocetos del edificio en una novela bien armada, con portal de entrada, ladrillos vistos y balcones que den a una calle concurrida. Mientras no tenga el tono no hay nada que hacer. Porque el tono es quien decididamente hace andar la narración, porque la voz es quien realmente echa a rodar la palabra.

jueves, 20 de agosto de 2009

De regreso

Vuelvo y me topo con que todo el mundo está o ha vuelto de viajes a lugares descabelladamente insólitos, lejanos, exóticos o extravagantes. La palma se la lleva una compañera que se ha largado a Malasia. Pero hay para todos los gustos: Alemania, Zimbawe, NY, las islas griegas. Y todo el mundo tocando los cojones con las puñeteras fotos y su cosmopolitismo de clase turista.

-Pues en Zimbawe imagínate, mucho arroz, y allí todo el mundo bebe agua con gas…

Cosas de este tipo. Y yo pienso: ¿Qué cojones se me ha perdido a mí en Zimbawe? ¿Qué leches conozco yo de la cultura de ese país? ¿A santo de qué me presento allí, si no es para volver con la cámara digital reventada de fotos en las que siempre sale Yocon?

-Aquí yo con el conductor del autobús. Yo con un chaval que conocí en el zoo. Yo con mi prima delante de un elefante.

A menudo pienso que la gente viaja sólo para volver con las fotos. Y para escupirte sobre la tostada del desayuno ese tipo de comentarios tan fabulosamente cosmopolitas:

-Los váteres de Mogadiscio son tan sucios…

Por eso mismo casi nunca voy con cámara a los sitios a los que viajo. Este verano sí que he llevado cámara. Pero cuando he estado revisando las fotos me doy cuenta de que en todas siempre sale lo mismo. Mis hijos, mi mujer. Mis hijos, mi mujer.

Tampoco había mucho más que retratar. Las vacaciones han sido como solían ser de pequeños: todo el tiempo en la playa. Cerveza, sardinas, siesta, niños, arena, mar. Felicidad simple, serena, sin aspavientos, sin euforia. Y nada más.

Cuando voy a desayunar con mis compañeros, y empiezan a hablarme de la humedad de Vietnam, de los canguros de Australia, de la puta madre de la arquitectura vertical de Tokio, yo me quedo en silencio, pero voy recordando las postales del verano –Pablito y Ale hasta arriba de arena mientras corro tras ellos y les hago el monstruo, Alicia arrojándose intrépida y torpe sobre el agua, el primer buche de cerveza en el patio al caer la tarde, los gritos de los niños en la siesta, el ruido de las olas tras el balcón entreverado con el crujido metálico de los grillos durante la madrugada- y no lo digo, aunque quisiera contar que yo estuve en muchos más sitios, que durante un mes di la vuelta al mundo sin salir de la playa.

Se me acabaron las vacaciones, vuelvo al tajo. Creo que se nota.