
El género del biopic siempre suele fatigarme un poco. Primero, por su tendencia a la hagiografía, y a esa obsesión por intentar demostrar siempre que el protagonista-lumbreras de turno es un verdadero genio que sólo caga flores. Incluso cuando el protagonista resulta ser un maldito –algo que en los últimos tiempos del género se ha convertido casi en una obligación-, todas las actitudes resultan disculpables por mor de la genialidad. Y segundo, me suele molestar bastante de los biopics, sobre todo en los casos en que uno conoce a la celebridad con más precisión (al final uno suele consumir biopics, como consume ensayos biográficos, porque le interesa el personaje), esos irritantes deslices hacia lo obvio y hacia las alusiones excesivamente explícitas en relación con el contexto histórico. ¿Por qué coño a una estrella de rock americana de los años 60 tiene que vérsele en un momento de la película siguiendo por televisión el instante de la llegada a la Luna? Después está lo inevitable: la concentración de toda una vida en una hora y media de metraje obliga necesariamente a síntesis que en muchos casos resultan, por lo frívolo, pésimamente resueltas. Uno de los ejemplos más gráficos de esto que digo es precisamente español: me refiero a la película
Camarón, y al modo casi caricaturesco en que se resuelve la emblemática grabación de
La leyenda del tiempo, el álbum más influyente del cantaor, señalado por muchos como “el
Sgt. Peppers del flamenco”. Como muchos ya sabrán, estamos hablando de uno de los procesos de producción más elaborados y complicados que se recuerdan en la historia musical de nuestro país, que en un alarde de (no pretendido) humorismo los guionistas resuelven con un par de imágenes. En una de ellas,
Paco de Lucía aparece con un sitar en el estudio de grabación. "¿Eso qué es?", le preguntan. “Un sitar”, contesta él. “Tiene un sonido magnífico”, o algo así, añade. Ea. Ya está grabada
La leyenda del tiempo.
Cuento esto porque el último biopic que he visto –lo siento, soy un mitómano impenitente, y me lanzo de cabeza allá donde huela película-de-estrella-de-rock- salva de manera certera todos estos vicios. Me refiero a
Control, la película que cuenta la historia de
Ian Curtis, el cantante de
Joy Division, el mítico grupo de post-punk británico de los años 70 de corto recorrido y dilatada influencia. Es una película muy bien construida, cuyo acierto principal reside, a mi juicio, en centrarse en el aspecto más sentimental e íntimo de Curtis, en lugar de contar todas sus peripecias sobre los escenarios y sus excesos en el
backstage. El tono narrativo, además, tremendamente formalista, de un formalismo estático, sencillo, muy fotográfico –el director,
Anton Corbijn, es fotógrafo, y eso se nota-, contribuye a trasladarnos esa sensación de estar asistiendo al tenso testimonio de un fuerte drama personal. Porque, antes que biopic, la película más bien es una historia sobre la dificultad del amor, sobre la naturaleza del propio amor, de la pasión, de la posesión, de la libertad y del compromiso que va parejo a este amor. Se trata de un guión muy bien elaborado, y muy hábil, teniendo en cuenta que aborda un tema, la historia de un músico maldito que es patrimonio de la postmodernidad, bastante frágil y arriesgado.
Los dos actores principales están que se salen, y como siempre
Samantha Morton lo borda, regalándonos una nueva interpretación descomunal. En fin, por fin un biopic musical decente. Salvando
Amadeus, de
Milos Forman, Bird, de
Clint Eastwood, y
Great Balls of Fire, del mediocre
Jim McBride, no recuerdo ninguno sobre músicos que haya estado medianamente a la altura.