
En el barrio donde trabajo se ve poca suciedad.
En el barrio donde cada día trabajo todos los niños tienen el cabello claro, y los ojos claros, y todos llevan rebecas de punto y pantalones cortos, con calcetines de croché hasta la pantorrilla.
A los niños los llevan sus mamás a un parque que queda muy cerca de la cafetería donde toman café. Se sientan en la terraza de la cafetería y se reúnen en grupos, mientras sus niños corretean por el parque. Es un parque con columpios impecables y con el suelo blando, para que al caer de los columpios los niños no se rompan la crisma. De vez en cuando, las mamás gritan a los niños para que no peguen patadas a un compañero, o arrojen arena sobre el tobogán. No gritan mucho, sobre todo hablan. Hablan entre ellas, mientras toman sus cafés con tostadas. Se recomiendan películas, libros, restaurantes, chachas de la limpieza.
En el barrio donde trabajo las tostadas nunca se queman, y la mantequilla te la ponen en compactas porciones herméticamente cerradas que no manchan ni chorrean grasa. Casi todas las mujeres van en chándal, porque después del desayuno se marchan al gimnasio a hacer un poco de spinning, o de pádel, o de aeróbic. Todas tienen un entrenador personal, al que tratan con familiaridad. Es un entrenador atlético, muy moreno, que utiliza gafas de sol con correa de goma, que siempre le cuelga del cuello y que nunca abandona la sonrisa. Sus dientes son blancos, perfectos, saludables como los de un purasangre.
En el barrio donde trabajo, la gente pasea a los perros con el ABC o El País debajo del brazo, y con gafas de sol. Se estila mucho el polo, normalmente Lacoste o Burberry o Ralph Lauren. Los dueños de los perros son muy pulcros, y llevan bolsas donde introducen la mierda de sus mascotas. Lo hacen con habilidad, como si las bolsas fueran guantes reversibles donde queda atrapada la mierda.
El vehículo más común es la ranchera, el 4x4. Todos los coches están muy limpios, y casi todos llevan adhesivos en la parte de atrás. Eso sí, muy discretos, nada de vulgaridad. Los adhesivos más comunes son sellos de alguna ganadería, o bien banderas de España, o quizá la marca de algún Campeonato de Rally.
También hay muchas mujeres inmigrantes. Pero nunca van solas: siempre arrastran algún carro, en el que dormita alguno de los niños arios que poco antes jugaba en el parque. Las inmigrantes tratan con familiaridad pero también con aburrimiento solemne a los niños a los que cuidan. Tienen las llaves de las casas y trajinan a sus anchas por los hogares. Cocinan bien para sus amos, porque por el patio de vecinos, a partir de la una de la tarde, llegan hasta nuestra oficina olores muy sabrosos que evocan suculentos platos.
El barrio tiene vida, y sin embargo está muerto. Hay algo teatral en la forma en que la gente se desenvuelve. No sabría explicarlo: todo es como una gran pantomima, una explosión sin resquicios de formalidad, de buenas maneras, de pulcritud.
Pero no hay mañana en que llegue al trabajo y no encuentre una luna de coche rota. Porque es en la madrugada cuando toda esta perfección se quiebra: los ladrones y los yonquis merodean por las calles y revientan los coches de la gente que duerme plácidamente en sus hogares. Me siento algo cretino, pero no puedo sino sonreír cuando contemplo un nuevo cristal hecho añicos. Es como un pellizco, como una cosquilla puñetera a la planta del pie de una vieja aristocrática y antipática. Es como si los rastros despedazados de cristal, allí, desparramados junto a la acera, estuvieran recordando a la gente del barrio que ellos también viven, que entre ellos también es posible el sufrimiento.