martes, 30 de junio de 2009

La playa de Carmen

Lee La canción… y dice que descubre cosas de sí misma. Cosas como que es más parecida a Margarita, la gran machacada de la novela, que a Lucía. Lee con fruición y a última hora, cuando queda poco para el final, dice que coge el coche y se marcha a la playa. Como en el penúltimo capítulo, recorre la autovía a la búsqueda de la costa, y va acompañada de la música de los Beach Boys, con la voz de Brian Wilson sonando en el coche. Llega a la playa y allí, mirando al mar, acariciada por la brisa y probablemente por el sonido de niños que juegan a la pelota y de las gaviotas que garabatean el cielo, concluye la novela.

Le ha gustado, dice, y decide darme las gracias con un regalo. Graba una playlist con algunas de las canciones de la novela, 18 en total, que envuelve con una portada preciosa y que titula como La canción donde ella vive.

Me emociono al recibir el sobre de la editorial. Nunca he recibido, como autor, un halago más grato, un detalle más hermoso.

Ahora el CD me acompaña en el coche. En ese CD está La canción donde ella vive, pero está también para siempre la playa de Carmen.

No la conozco, ni da señas de sí misma en la carta. Así que recurro a este mensaje en la botella que no sé si arribará a su playa. Muchas gracias por este regalo, Carmen. Por cosas como ésta merece la pena escribir.

lunes, 29 de junio de 2009

El alimento de la palabra

Todo lo que está ocurriendo en el sector de la comunicación en nuestro país (dentro integro tanto a periodistas como a profesionales de la publicidad, a guionistas, a generadores de contenidos web, y, en fin, a todo tipo de comunicadores) no viene sino a corroborar que todos los que profesionalmente nos dedicamos al oficio de la palabra no somos sino obreros asalariados, tan dignos y elevados como cualquier albañil que cada mañana se sube al andamio, o como cualquier fontanero que se dedica a sanear tuberías. Es un oficio similar a cualquier otro, ni más intelectualmente desarrollado ni más elitista, ni más interesante ni más aventurero, con el problema adicional de que es mucho más prescindible. La palabra es lo que más sobra cuando llega la crisis, y eso lo saben bien los centenares de empresas que en estos tiempos de vacas flacas se dedican a aligerar sus plantillas recortando de allí donde no hay necesidad: la Redacción, los Departamentos de Comunicación, de Publicidad, de Marketing. Departamentos donde la principal materia prima es la palabra.

Particularmente, desde muy pronto tuve claro que mi oficio habría de ser el de la palabra. Primero, porque siempre me he considerado un redomado inútil para cualquier otra cosa que no fuera el ejercicio intelectual. A lo mejor hubiera sido más feliz y tendría una vida más saludable si me hubiera dedicado, qué sé yo, a la topografía o a la veterinaria. Mi deficiente habilidad para el manejo de cualquier artilugio, unida a mi incapacidad para el entendimiento y el empleo de la matemática, me condujeron irremisiblemente a abrazar la palabra como tabla de salvación de mi futuro profesional. La segunda razón por la que recurrí a la palabra es bastante más poética: creo que es fabuloso poder hacer del verbo tu herramienta de trabajo. Es una herramienta intangible, etérea, pero probablemente la más humana que existe. Trabajar con la palabra, poder subsistir gracias a la habilidad de juntar sustantivos y verbos, es un regalo, porque uno no nace con ese atributo; uno puede llegar tan lejos como quiera con el uso de la palabra. Puede convertirla en su particular ladrillo, en su material para construirse su propia casa, para llenar su nevera, para crear una familia. Le debo tanto a la palabra que me duele verla así, tan denostada, tan vapuleada, tan despreciada por todos esos directivos anónimos que proyectan la salida a la crisis desde despachos ocultos, convirtiendo las letras en cifras, en meros números que se restan a las cuentas de resultados y que se convierten en gente puesta en la calle, engordando las filas del INEM, tan inútiles, tan incompetentes, porque no saben hacer otra cosa que lo que siempre han hecho, juntar palabras.

La palabra me da de comer. A través de discursos que pronuncian otros, de artículos que firman otros, de notas de prensa que hablan de otros, de planes de comunicación para embellecer un producto, de planes de crisis para sacar a un proyecto del atolladero, a través de todo eso me alimento y alimento a los míos. Pero la palabra en sí misma también me alimenta. Ésa es la palabra que menos dinero produce, pero la que más me enriquece: la palabra convertida en hecho literario. La expresión más libre y personal que existe, ajena a los manuales de estilo, libre de los corsés de la estructura periodística, de los tipos de discurso, de los manuales que dicen cómo sí se escribe y cómo no se debe escribir.

Un grupo de pirados, comandados por el bueno de Alejandro Luque, nos hemos embarcado en un bonito proyecto: hablar de libros. Se trata de un espacio crítico para charlar sobre los libros que nos gustan y otros que no tanto. Hoy me estreno en este salón con una reseña sobre la última de Kiko Amat. Os invito a que os paséis por este Club. La entrada es libre.

Por cierto, aquí os dejo una entrevista de la semana pasada en La Razón. Como no se lee nada, os he puesto un enlace.


viernes, 26 de junio de 2009

Bien hecho, Jacko

Me desayuno con la noticia. Un ataque cardíaco se lleva a Jacko a los 51 años. De camino al trabajo en Metro le rindo homenaje con el iPod: algo del Thriller y sobre todo de los Jackson Five.

Ahora vendrá lo de siempre: miles de velas a las puertas de su mansión, murales plagados de epitafios manuscritos, primeros planos de lagrimales inundados, mucha gente disfrazada bailando su música, niños bautizados con su nombre, reediciones, homenajes.

Es triste por lo personal, pero en realidad estoy realmente contento. Con su muerte, algo tardía –casi ha doblado la edad a la mayoría de los juguetes rotos que se quedaron en el camino: Hendrix, Joplin, Redding, Cobain, Curtis…-, se cierra el círculo de la creación de un nuevo mito, y concluye simbólicamente la etapa de Plata del Pop.

Hay que ver a Jackson con la distancia y la oportuna distorsión con que se contemplan todos los iconos que un día fueron de carne. Hay que despojarse de la piel, del sudor, de las heces; hay que remontarse sobre la vulgaridad y la miseria del hombre que respira, e ir a la imagen: el perfil rematado por el gorro en Moonwalker, el baile chulesco en The way you make me feel, su traje en el vídeo de Thriller. La ética no es importante, más que como un atributo de su propia condición de símbolo, de sujeto estético. Jackson ha compuesto con su vida un lienzo, una historia que pudo ser redonda, sublime, pero que quizá ha quedado algo desvaída por la tardanza de su muerte. Hubiera sido verdaderamente redondo que muriera, que decidiera quitarse de en medio en pleno vendaval por sus escandalosas acusaciones de pederastia. Particularmente, hubiera preferido que se autoinfligiera un suicidio por sobredosis de barbitúricos y alcohol. Con ello, su cercanía con la historia de la otra gran pata de la música contemporánea universal, me refiero a Elvis, sería aún más milimétrica.

Elvis y Jackson, dos espejos reflejándose frente a frente, escupiéndose uno al otro la misma luz. Del todo a la nada, a la decadencia, y luego, con la muerte, nuevamente al todo, a la leyenda, al icono. Dos personalidades que marcan dos momentos decisivos, rotundos, en la historia de la música como fenómeno comercial. Con Elvis se produce el salto del mono al estéreo, del analógico al digital, de los mercados discográficos localistas a un único mercado global. Con Elvis nace la mercadotecnia, la industria musical, la radiofórmula. Con Jackson el vídeo mata a la estrella de la radio, el marketing alcanza sus cotas más altas de sofisticación y desarrollo, se multiplican los formatos, hasta llegar a hoy. Muere Jackson y con él muere un concepto de la música como fenómeno universal y masivo, desaparecen los formatos, la industria está en crisis e intenta reinventarse.

Jackson es también un signo de nuestro tiempo. Contradictorio, en guerra permanente contra su propio aspecto, voluble y camaleónico, e incluso contra su propio sexo. Frágil, como hecho de cristal. Monstruoso, puro producto de lo que la industria, la masa, quiso hacer de él. Y por último, aberrante, con una obsesión por la infancia enfermiza, como Mathew Barrie moldeando a Peter Pan, o como Lewis Carroll tras la estela de Alicia hacia el País de las Maravillas.

Creía que no, que acabaría viviendo una vejez putrefacta y resentida, con su estrella absolutamente apagada, fría, inerte, alimentándose de extravagancias que no harían sino transformarlo, al cabo, en alguien vulgar. Pero ha hecho bien, aunque él no lo haya querido así, aunque a mí mismo me hubiera gustado que fuera de otro modo, pero al final se ha ido. Ha subido la escalera, hacia el arcón de los juguetes rotos, esos que brillan en la noche, esos que permiten que la música nunca deje de sonar.

Bien hecho, Jacko.

miércoles, 24 de junio de 2009

El barrio donde trabajo

En el barrio donde trabajo se ve poca suciedad.

En el barrio donde cada día trabajo todos los niños tienen el cabello claro, y los ojos claros, y todos llevan rebecas de punto y pantalones cortos, con calcetines de croché hasta la pantorrilla.


A los niños los llevan sus mamás a un parque que queda muy cerca de la cafetería donde toman café. Se sientan en la terraza de la cafetería y se reúnen en grupos, mientras sus niños corretean por el parque. Es un parque con columpios impecables y con el suelo blando, para que al caer de los columpios los niños no se rompan la crisma. De vez en cuando, las mamás gritan a los niños para que no peguen patadas a un compañero, o arrojen arena sobre el tobogán. No gritan mucho, sobre todo hablan. Hablan entre ellas, mientras toman sus cafés con tostadas. Se recomiendan películas, libros, restaurantes, chachas de la limpieza.


En el barrio donde trabajo las tostadas nunca se queman, y la mantequilla te la ponen en compactas porciones herméticamente cerradas que no manchan ni chorrean grasa. Casi todas las mujeres van en chándal, porque después del desayuno se marchan al gimnasio a hacer un poco de spinning, o de pádel, o de aeróbic. Todas tienen un entrenador personal, al que tratan con familiaridad. Es un entrenador atlético, muy moreno, que utiliza gafas de sol con correa de goma, que siempre le cuelga del cuello y que nunca abandona la sonrisa. Sus dientes son blancos, perfectos, saludables como los de un purasangre.

En el barrio donde trabajo, la gente pasea a los perros con el ABC o El País debajo del brazo, y con gafas de sol. Se estila mucho el polo, normalmente Lacoste o Burberry o Ralph Lauren. Los dueños de los perros son muy pulcros, y llevan bolsas donde introducen la mierda de sus mascotas. Lo hacen con habilidad, como si las bolsas fueran guantes reversibles donde queda atrapada la mierda.


El vehículo más común es la ranchera, el 4x4. Todos los coches están muy limpios, y casi todos llevan adhesivos en la parte de atrás. Eso sí, muy discretos, nada de vulgaridad. Los adhesivos más comunes son sellos de alguna ganadería, o bien banderas de España, o quizá la marca de algún Campeonato de Rally.


También hay muchas mujeres inmigrantes. Pero nunca van solas: siempre arrastran algún carro, en el que dormita alguno de los niños arios que poco antes jugaba en el parque. Las inmigrantes tratan con familiaridad pero también con aburrimiento solemne a los niños a los que cuidan. Tienen las llaves de las casas y trajinan a sus anchas por los hogares. Cocinan bien para sus amos, porque por el patio de vecinos, a partir de la una de la tarde, llegan hasta nuestra oficina olores muy sabrosos que evocan suculentos platos.


El barrio tiene vida, y sin embargo está muerto. Hay algo teatral en la forma en que la gente se desenvuelve. No sabría explicarlo: todo es como una gran pantomima, una explosión sin resquicios de formalidad, de buenas maneras, de pulcritud.


Pero no hay mañana en que llegue al trabajo y no encuentre una luna de coche rota. Porque es en la madrugada cuando toda esta perfección se quiebra: los ladrones y los yonquis merodean por las calles y revientan los coches de la gente que duerme plácidamente en sus hogares. Me siento algo cretino, pero no puedo sino sonreír cuando contemplo un nuevo cristal hecho añicos. Es como un pellizco, como una cosquilla puñetera a la planta del pie de una vieja aristocrática y antipática. Es como si los rastros despedazados de cristal, allí, desparramados junto a la acera, estuvieran recordando a la gente del barrio que ellos también viven, que entre ellos también es posible el sufrimiento.

jueves, 18 de junio de 2009

Las putas menos queridas

La Feria del Libro de Madrid tuvo momentos interesantes. Me pareció, más que nada, eso, una Feria, en su sentido más circense. Hacía calor para reventar, y el bar estaba cerca, así que al menos tuve garantizado el suministro de cerveza. Por encima de la letra, de la palabra, se busca el grano gordo, la extravagancia. La gente pregunta a los propios autores –los hay hasta debajo de las piedras, pretendiendo firmar libros, como animales aburridos atrapados en sus jaulas- sobre manuales de bricolaje, se escuchan preguntas como: ¿oye, pero en tu libro pasan cosas?, los paseantes te miran de arriba abajo, identificando tu foto, tu nombre y tu libro sobre tu cabeza, pero no se acercan porque sencillamente no hay nada de ti que les atraiga. Buscan el careto conocido, el tipo untado en perfume de fama, la anécdota que les permita engordar sus conversaciones de desayuno. Oye, sí, vi al tipo tal, en persona es más bajo y más feo de lo que parece en la tele, al tipo le olía el aliento. Cosas así.

Ser escritor y estar en la caseta a la espera de algún adquirente de libro es como ser un poco una puta. Me refiero a esas putas tan icónicas del barrio rojo de Ámsterdam, atrapadas en sus escaparates, sonriendo licenciosas y asomando sus excitantes pechos desnudos a la caza de algún viandante propicio. Las putas que más atención concitan son las más exuberantes, las más libidinosas, las que hacen más ruido. Por la caseta de Calambur pasaba mucha gente preguntando por Leopoldo María Panero, uno de los autores de la editorial. Sería una pasada verlo por la Feria, allí, con su locura rabiosa, empalmando cigarrillos y coca-colas, desvariando, con la mirada perdida en algún pensamiento inaccesible. Probablemente soltara algún comentario, o se sacara el pene y se pusiera a mear allí mismo, no sé, alguna anécdota realmente divertida que mereciera la pena. Qué adorno más fabuloso para la tertulia en el bar. Sí, tíos, el Panero me eructó en la cara, y me puso una dedicatoria que decía “que te jodan”. Eso es lo que busca mucha gente en el zoo de la Feria del Libro.

Por la tarde, en la caseta, tuve la oportunidad de compartir firma con otro autor de Calambur. Se trata de Francisco Balbuena, que acaba de ganar el Premio Río Manzanares de Novela con El Jardín de Ajenjo. Creo que hacía tiempo que un escritor no me impresionaba de ese modo. A su escaparate acristalado del Barrio Rojo se acercaron bastantes menos clientes que al mío. Se pasó toda la tarde viendo pasar la gente, o charlando con el encargado del stand, o finalmente conmigo. Cuando llegué al stand y lo vi, lo primero que pensé es que era alguien que se había colado por sorpresa, o bien un librero que venía a traer alguna caja. Era tan sencillo, tan anónimo, tan normal, que me cautivó. Podía imaginarlo perfectamente detrás de una ventanilla en una oficina de correos, o bien sirviendo desayunos en cualquier bar de obreros. También tenía cara de portero de bloque de pisos antiguo. De cualquier cosa, menos de escritor. Me impresionó, porque además es de los escritores más profesionales que he conocido: ha sido finalista de premios tan sonoros como el Planeta o el José Manuel Lara, por decir sólo algunos. La novela objeto del premio la escribió en tres meses. El tío le echa todos los días 5 o 6 horas a la escritura. Dice que quiere dejar atrás a Francisco Ayala en número de libros escritos, y tiene una noción de la escritura como oficio verdaderamente conmovedora.

Balbuena, sin embargo, no vive de esto. Es, como yo, licenciado en Periodismo, y trabaja desde hace años en el Departamento de Prensa y Comunicación de la Moncloa. Me siento como si formara parte de su mismo club: el club de los Escritores Impostores. Esa rara gente, a la que también pertenecen autores como mi admirado Royuela, que asume su condición de escritor sin aderezos, que de hecho no parecen escritores, porque no se comportan como tales, no viven como tales, no son exuberantes ni probablemente interesantes más allá de lo que vomitan silenciosa y sistemáticamente sobre el papel. Las putas menos solicitadas de ese gran circo, de esa feria monumental que es el panorama literario actual.

jueves, 4 de junio de 2009

Oficio

Aquí unas reseñas recientes de La canción donde ella vive.

Anoche le daba vueltas en la cama: ¿cuándo empezar con la nueva novela? ¿Dejarla vegetar durante todo el verano, a la espera de que se forme en mi cabeza y ella sola se complique la vida? ¿O acaso no esperar más y saltar mañana mismo sobre el folio en blanco, aprovechando que la trama se pavonea delante de mí con inusitada plasticidad, como una chica desnuda y accesible?

Escribí mi primera novela cuando tenía 16 años. Eran un borbotón de folios manchados, que garabateé durante todo un verano, en las largas horas de siesta, acompañado por un ventilador que escupía aire caliente y por una vanidad adolescente contaminada de malditismo por culpa de la lectura de un escaso puñado de libros bastante audaces y escandalosos para mi edad. Lo que salió de aquel verano fue, como lo que salió de numerosos veranos sucesivos, una obra totalmente impublicable, sonrojante, un mero objeto para la compasión o la condescendencia. Pero lo que salió también de aquel verano fue la evidencia de que era una persona con voluntad; una persona capaz de sentarse cada tarde a la misma hora delante de unos folios en blanco y pasar dos o tres horas atiborrándolos de palabras. En la voluntad, en la perseverancia, en la capacidad de lidiar con la fatiga que supone la hemorragia cotidiana de intentar contar cosas de forma precisa y atractiva, en ese tesón radica buena parte del oficio de ser escritor. La otra parte, es decir, todo lo demás, creo que se aprende a base de práctica, lecturas y un poco de casualidad.

Cuando vuelva a posar el bolígrafo a comienzos de un nuevo folio, mañana o después del verano, sé que comenzará un periodo de tensión y desvelos, una lucha cotidiana contra mí mismo y contra mi edificio de palabras, en la que invertiré ilusión, horas de trabajo e insomnio. Es más que posible que lo que resulte de ese esfuerzo acabe en el contenedor de basuras, en el olvido voluntario u obligado en el que residen muchas de las novelas que he escrito en estos últimos 15 años, ese pequeño cementerio personal de ideas atrofiadas o mal paridas que se parece más bien a una fosa común de cadáveres de letras. Pero si algo soy es testarudo, y sé que al final, aunque al cabo no den mayor fruto que un tropel de horas malgastadas, no podré sino rendirme a la seducción de la novela en potencia, ese puñado de folios que aún están por escribir.

martes, 2 de junio de 2009

Firma de libros en la Feria de Madrid

Pues nada, que el próximo jueves día 11 de junio, día del Corpus Christi, estaré firmando libros en la caseta de Calambur en la Feria del Libro de Madrid (nº 210). Los que queráis pillar la novela nueva, estará disponible allí mismo, en la caseta, aunque también se puede pillar ya por Internet. Estaré por la mañana y por la tarde, y como me aburriré soberanamente a lo mejor alguno que ande por Madrid se apiada y viene a hacerme una visita.

Pues eso, lo dicho

lunes, 1 de junio de 2009

El día del concierto

Llevaba varios meses planeándolo, iría con mi amigo Morillo, porque él tenía dos entradas y le tocaba hacer la crónica para su periódico. Desde hace algunas semanas llevaba el 3 Feet High and Rising en el coche, escuchando y reescuchando el mítico disco que los Dela Soul habían parido hace 20 años, y que ahora venían a reinterpretar íntegramente en un único concierto en España.

El día del concierto por la mañana me llama Morillo para confirmar la quedada, el concierto es por la noche, Dela Soul cierran el cartel hacia las 2 y media de la mañana. Le digo que sí, que cuente conmigo, pero que en cualquier caso se lo confirmo más tarde.

Pasamos el día con los niños. Pablo se pega a su primo Ale, Alicia cada vez está más intrépida. Me gusta cómo frunce el ceño, haciéndose la enfadada, y me gusta cómo se ofusca y mueve la cabeza, tan rápido que parece una fregona, con toda su melena rizada al viento.

Pablo y Ale, como de costumbre, compiten por ver quién come más. El objeto de la competición en esta ocasión es el jamón. Les pido que vayan despacio, les digo que van a atragantarse. Jugamos a cambiarles los zapatos, se lo pasan bien con los zapatos cambiados. A Pablo le llamamos Ale y a Ale le llamamos Pablo, y les gusta durante un rato, pero al final Pablo quiere seguir llamándose Pablo y acabamos dejando la broma.

Junto al campo de fútbol han puesto un gran castillo neumático. Al principio Pablo siente miedo, pero después le echa valor y escala por la cuerda hasta la cúspide. Me conmueve su esfuerzo para llegar hasta arriba, me llena de orgullo su sonrisa desde lo más alto, para descender por el vertiginoso columpio al instante siguiente.

Acabamos el día tomando caracoles y cerveza junto al parque verde. Son las nueve y media y Pablo y Ale todavía tienen cuerda para subir y bajar escaleras, para saltar, para tropezarse. Pienso en los Dela Soul, pienso en el 3 Feet High and Rising, en toda la marcha que tienen, en sus fabulosos sampleados, mucho más auténticos que los que Beck acabó poniendo de moda. Pienso en el concierto pero miro a Pablo, la forma en que se restriega los ojos con sus preciosas miniaturas de dedos llenos de mierda, la mirada como de cachorro cansado de tanto callejear durante todo el día. Me pide que lo coja en brazos y lo huelo. Huele a suciedad, pero también dulce. Dice John Irving en El mundo según Garp que ese olor acaba desapareciendo, que un día tu hijo se levanta y ya no huele así, ya nunca vuelve a oler así. Esta noche tengo que darte un buen baño, le digo a Pablo, y como siempre me pregunta por qué, y como siempre le digo porque sí, y me abraza, y mi mujer y yo nos miramos, y en esa mirada, entre cansada y cómplice, entre solidaria y derrengada, y en esa mirada leo lo que digo casi sin pensarlo. No voy a ir, al final no voy al concierto.

La vida de un padre está llena de renuncias y sacrificios, pero son renuncias que cuesta muy poco cumplir. Con los huesos rotos y la espalda molida, después de beber cerveza y comer frutos secos como descosidos mientras hablamos de los detalles de la jornada, de cómo Alicia se está soltando a andar, de cómo cada vez es más temeraria, y de cómo subía Pablito a lo alto del castillo neumático, de la mirada luminosa que nos regalaba desde allí arriba, con el cuerpo molido y algo borracho, nos marchamos a la cama y yo pongo el iPod, y escucho otra vez el 3 Feet High and Rising, el disco del grupo al que ya nunca veré, y me acuesto con la placentera sensación de que hoy, decididamente, ha sido un gran día.