En contra de la hagiografía oficial, el gran duelo musical de finales de los 60 no tuvo como escenario una isla. Fue una batalla dialéctica de carácter transatlántico. Fuera de las rivalidades ególatras y narcisistas entre los Rollings y los Beatles, más bien localizadas en la zona de la entrepierna y medidas con la matemática de la lencería, lo cierto es que los grandes contrincantes de los Fab Four estaban a muchos kilómetros de Liverpool y de Londres. Concretamente en California, entre sueños de bolas de chicle y de tablas de surf. El diálogo entre los Beach Boys y los Beatles en los años que van del 66 al 68 constituye uno de los fenómenos más prodigiosos, interesantes y estimulantes de la Historia de la música contemporánea.Hablamos de los Beach Boys, pero más bien habría que hablar de Brian Wilson, un compositor de genio, sordo de un oído –al parecer debido a una paliza de su padre, el ogro Murry, prototipo del padre explotador, un poco a la manera del padre de Mozart, pero bastante más violento- , que a mediados de los 60, influido por el ácido y ajeno al ambiente prehippy, decidió convertir la estética surf en un espacio mítico, un lugar ficticio, lleno de colores y de luz, encerrado, como un Reino de Oz musical, entre los surcos de un vinilo. Obsesionado con Gershwin y su Rapsody in Blue, e inflamado por las latencias de la nueva música que ya comenzaba a intuirse en el Rubber Soul que llegaba desde Britania, Wilson se entregó a un proyecto mayúsculo: la creación de la Gran Sinfonía de Bolsillo. Infatigablemente competitivo, en 1966, cuando el Sgt. Pepper no era ni siquiera una idea, Wilson se encerró en el estudio. Mientras sus hermanos y primos hacían ruta por todo EE.UU., rociando el Nuevo Continente de su música fresca y amable, totalmente festiva y optimista, Brian iba engordando al tiempo que creaba una obra maestra. Pet Sounds se escucha como se observa un enorme lienzo, la percepción se afronta de manera total, íntegra, compacta. Es un álbum, pero de fotos: las fotos de la adolescencia nostálgica y melancólica, de las puestas de sol de nuestro despertar sexual, de la evidencia de que la juventud es un hecho caduco e inigualable. Pet Sounds no tuvo la acogida comercial esperada: era demasiado raro, demasiado conceptual. Además, para entonces el Revolver de los Beatles colapsaba el mercado, también el americano. El Revolver había viajado hasta California, pero el Pet Sounds había llegado a Londres. McCartney lo ha afirmado muchas veces, no menos que George Martin, maestro de ceremonias del Sgt. Pepper’s: la influencia de los Sonidos de la Tienda de Animales en el Sargento Pimienta fue definitiva.
Estamos a finales del 66. Los Beatles preparan el asalto final. Se cuece, de forma irregular, abrupta, casi a trompicones, el Mejor Disco de la Historia del Pop, según la corriente más extendida en los últimos años. Al otro lado del Atlántico, enardecido aún más por la escucha del Revolver, Wilson se vuelve definitivamente loco. Sufre ataques nerviosos, que finalmente derivarán en un diagnóstico de esquizofrenia. Está preparando el gancho de izquierda para los de Liverpool, el que los derrumbará sin opción a réplica. Se llamará Smile, y contendrá la mejor colección de Sinfonías de Bolsillo concebible. El letrista Van Dike Parks será el compañero de Wilson en esta travesía dolorosa, angustiosa, crítica. El genio de California hace locuras. Llena de arena de la playa el estudio de grabación, hasta prácticamente inundar su piano. Desde allí compone y descompone, sin dejar de engullir comida basura y engordar. Experimenta, introduce sonidos en apariencia indisociables, cuela en sus grabaciones los ruidos de un theremin, utilizado tradicionalmente en las escenas de miedo de las películas de Universal, y nadie entiende nada. Capitol suelta y suelta dinero, durante seis meses trabaja agotadora y repetitivamente en una única composición de apenas cuatro minutos. El resultado en forma de single es Good Vibration. Sin salir de su estudio, Brian escupe sobre el mundo un número 1 absoluto a ambos lados del Atlántico. Las revistas de música, tan dadas a los rankings, señalan a los Beach Boys como el mejor grupo del mundo, por encima de los Beatles. Los escarabajos están desorientados y divididos. Lennon se aburre en su mansión junto a Cynthia, en una relación que vive sus momentos más bajos. Harrison está absolutamente entregado a la causa del Maharishi. Ringo flirtea, desde su condición de miembro advenedizo, con otros proyectos musicales. El único en sus cabales es McCartney, que se muerde las uñas mientras escucha y reescucha el dichoso single.
En la guerra, todo es cuestión de estrategia. Y la estrategia de Wilson, siempre competitivo, es clara: librar una nueva batalla, la batalla definitiva, a través de un álbum donde esté el Good Vibrations y otras piezas maestras. Es el momento en que crea el Surf’s Up, para gusto de un servidor la mejor canción pop que se haya compuesto nunca. Wilson está a punto de quebrarse, su inestabilidad va en aumento, desde Capitol empiezan a apremiarle y cortarle el grifo del dinero. Los que consiguen colarse en el estudio hablan de una música excesivamente rara, muy alejada de la fórmula pop, crepuscular, nada optimista… El proyecto de Smile se dilata. A pesar de la estrategia, al final muchas guerras se han ganado por la mera resistencia física. Y Wilson está roto. Se acaba de romper cuando llega a sus manos el puñetero disco de los Beatles. La portada es tremendamente sugerente, pero qué decir de la música. Ahí están todas esas ideas, algunas de ellas robadas de su Pet Sounds, allí está el planteamiento de concepto global, el empleo de instrumentos no tradicionales, los juegos de voces, el cambio de canciones sin transición, ese incontestable puñetazo que es A Day in the Life…
Smile nunca se publica como tal. En 1967 ve la luz un frustrante Smiley Smile, que es tan sólo un grito desesperado y rabioso, aunque vacuo, de lo que pudo ser y no fue. Todo lo demás es demasiado triste y largo para contarlo: los tratamientos químicos de Wilson, su reclusión en un sanatorio, la forma en que el resto del grupo y otros personajes de dudosa calaña van esquilmando su patrimonio… En 2000 aparece un DVD con el proyecto Smile grabado desde cero a partir de la idea original. Ha pasado mucho tiempo, y no es posible medir en qué grado esto de ahora estaba ya en lo de 1967. Pero conmueve ver el directo, sobre todo la interpretación del Surf’s Up. Entre el público hay grandes nombres que le rinden pleitesía. Está George Martin, y también McCartney, que aplaude conmovido, como el fan número uno, al final de la actuación.
¿Cómo hubiera sido el Smile original de 1967, si Wilson no se hubiera desmoronado? ¿Qué habría sido de los Beach Boys como grupo si los Beatles no se hubieran adelantado a aquel lanzamiento? ¿Cómo habría sido la evolución de Wilson si en aquel momento hubiera contado con el aplauso de la crítica y el público? Nunca lo sabremos; debemos contentarnos con escuchar su música, y fabular.

